Preludio: Getting Smaller.
Sonríe.
“¿Nos hemos visto antes?” no tienes respuesta, vacío incomodo de por medio. Fijan las miradas, aunque algo te dice que no lo has visto nunca antes, no estás seguro si esa es la respuesta correcta.
“¿Me hablas a mí?” Su mirada entre burlona entre cariñosa no cambia.
“¿Ves a alguien más por aquí?” lo niegas con la cabeza, tu mirada busca alguien más en donde posarse, no estás seguro de que espera de ti.
“Fue una simple pregunta, me parecías familiar. Pásate una buena noche” Lo ves voltearse, dispersarse como agua entre la gente, se mezcla, fue tan rápido todo que no quedo en tu mente gravado mucho que recordar, no estás seguro si lo imaginaste.
Está lloviendo, estiras tu mano a tu bolsa. Sacas un paquete de cigarros. Las luces de los carros te deslumbran cuando vuelves a alzar la mirada. Para variar no sabes en que parte de tu bolsa volviste a guardar los cigarros. No importa.
La mano derecha se posa justo por encima de tu cabeza hasta que consigues agarrar el gorro de la chamarra. Te lo pones. Alrededor de ti llueve, la gente se desplaza con paraguas, con la cabeza baja, empujando de lado a lado, tratando de llegar a su destino sea en donde sea bajo la molesta lluvia. Esta anocheciendo, las luces se vuelven anaranjadas, marquesinas de hoteles en Rosón y restaurantes es lo único que alegra un poco la falta de color.
Vistes pantalones de mezclilla. Tienen unos agujeros enormes en las rodillas y aun así el frio no es tan malo, debajo llevas unas medias negras.
En tu mente llevas otra vez ese peso, esa sensación de que algo anormal está pasando alrededor, algo que no entiendes, algo fuera de tu comprensión. Los colores neón de los letreros se avivan, los ruidos de la calle, y las personas hablando y caminando se vuelven de repente estruendosas. Los colores naranjas se vuelven más fuertes, por ejemplo el brillo azul del restaurante japonés a la derecha, o el rojo del mercado japonés, el neón del café de la esquina.
“Inhala humo, exhala humo” Piensas y repites una y otra vez. “Inhala humo, exhala humo” repites y repites, y repites.
Caminas más rápido entre los charcos, desde tu punto de vista, tus botas negras para la lluvia parecen estar tratando de dar en todos los charcos posibles.
“Más rápido, más rápido, inhala y exhala humo”
Caminas dos cuadras más, el enorme letrero amarillo con blanco gira de un lado a otro. Es hora de bajar una cuadra.
“Me puedes regalar un cigarro ¿No?” se cruza enfrente de ti. Te pide un cigarro porque vienes fumando.
Si puedes, le ofreces uno. Justo después de la tienda de las pipas.
“Gracias, ¿me prestas tu encendedor?”
Bajas la mirada, revuelves tu bolsa, dentro encuentras colillas viejas, pastillas de Tempra sueltas rozando contra los resto de tabaco. Las odias, odias más el bote de seguridad para niños que no sirvió de nada.
“Gracias” Solo asientes con la cabeza. “¿Tienes prisa?”
“algo” le respondes. Tienes la voz un poco ronca, tu garganta hace sonidos un poco raro tratando de remover las flemas.
“Ya, es que te me haces familiar…” dice él.
“No creo que nos conozcamos” te das la vuelta y sigues caminando.
Al comenzar a bajar por la cuadra puedes ver las luces reflejadas en el mar, las luces provienen de North Vancouver.
Llegas a la esquina de Georgia. El día de hoy no tiene gente entrenando en el gimnasio. Miras tu celular, la hora en la colorida pantalla te marca en medio de los miles de iconos que apenas son las ocho de la noche. ¡Qué extraño! Hoy hay menos gente recorriendo las calles, y no es tan noche como otros días. Extiendes tu mano, la lluvia sigue siendo bastante fuerte.
¿Sera la lluvia?
Debajo de las chamarras escuchas las llaves chocar unas contra otras. Bajas el cierre, y desenredas las llaves de la cinta de la bolsa.
Giras las llaves en el seguro de la puerta, se abre. La puerta como siempre esta pesada.
Hay una persona más esperando el elevador. El foco marca que el elevador está en el piso veintiuno.
“Que mal que no arreglen el elevador, ¿No?” Es una chica, tiene el pelo color cobre. Lleva unas botas largas negras, hasta las rodillas. Tiene un chaleco color azul y unos lentes de sol sobre el pelo.
“Si, es horrible, a ver si ya para febrero esta todo en su lugar”
“Si… Y que día más raro ¿Verdad? Todo lluvioso, desde bien temprano” No te quita la mirada de encima. Algo comienza a provocarte pánico. “Te pareces mucho a alguien, ¿No te conozco?”
“Pues vivimos en el mismo edificio puede ser…”
“Yo no vivo aquí, solo vengo de visita, es la primera vez”
“Ya…” Silencio incomodo invade el lobby. Caminas un poco, miras el piso sucio y por la ventana. El elevador llega. Te subes, picas el piso número doce.
La chica no se sube.
Detienes la puerta abierta.
“¿No te vas a subir?”
“No, estoy esperando a alguien” Asientes, dejas la puerta cerrarse.
Llegas a tu piso. No te detuviste en ningún otro piso. Sales del elevador, miras el pasillo. El pasillo que te da miedo. Es una repetición constante del mismo color en las paredes, la misma alfombra, el mismo color en las puertas. No son demasiadas puertas, pero siempre has pensado que parece de película de terror.
Abres la puerta de tu departamento. No hay luz dentro, prendes la luz. Se tarda aproximadamente cinco segundos en brillar. Escuchas al refrigerador jalar energía, encenderse. Te quitas tus chamarras, las tiras al piso. Te preguntas, ¿Qué es más fácil y rápido para hacer de cenar?.
Prendes la televisión.
Se oye el zumbido inicial de la televisión al prender, entonces nada, no se oye nada, pero se ve el negro de la pantalla.
Prendes el ventilador, prendes la estufa.
Ves la hora, ¡Qué raro! ¡Apenas son las ocho de la noche con dos minutos!
El agua hierve en la estufa, las burbujas suben, colocas el pollo, esperas a que ablande. El sonido del ventilador mezclado con los sonidos que se cuelan por la ventana te pone nerviosa.
La cena esta lista, tus manos se siente duras por el jabón, rasposas.
La cocina huele a pollo, a verduras.
Pones el plato encima de la mesa, comes un poco del pollo, revuelves la sal, la mantequilla mal cocida encima de las verduras. Terminas de cenar, vas a cerrar la ventana ya hace frio. Te asomas. Está lloviendo. Te preguntas en que momento dejaste de vivir en “El mundo que era” y comenzaste a vivir en “El mundo que es”…
Cierras la ventana, pones los platos en el fregadero, les hechas agua caliente, esperando que se les quite las sobras.
Ves el reloj. Son las ocho con cinco minutos.
El día es largo, la noche más.
El frio se va poco a poco. Te acuestas en tu sofá cama, cruje bajo tu peso.
No sabes en que momento cambiaste de mundo, que acción te llevo a aparecer en el otro, que cosa hiciste para terminar en el otro mundo con tantas similitudes al tuyo y a la vez tan diferente, tan perturbador. Te levantas, miras por la ventana una última vez. Las luces anaranjadas iluminan la calle, no sabes bien a qué mundo pertenecen, pero sonríes, mientras todavía los dos mundos tengan similitudes, siempre hay forma de encontrar el camino a casa, al lugar del que saliste.
Miras el cielo, una luna es más brillante esta noche, es más brillante de lo normal, la otra en comparación se ve opaca. Sonríes, mañana seguro no va a llover.
Luces en el cielo.
Ya tengo mi boleto de regreso a México, arribando a tierras conocidas a las ocho de la noche el día veinte de abril del año en curso.
El frio me está dejando morada, los gatos ya están divagando, fuera de eso misma rutina de no hacer nada, poco a poco esperando a que los días se vayan.
Sintiéndome sola, con ganas de ir a casa, y a la vez esperando que algo salga mejor de lo que esperaba, los días fríos y con aire se llevan las nubes, las corrientes de aire despejan el cielo, debajo de las nubes se ven las estrellas. La luna no era más brillante de lo normal, pero me gusto más porque hace tanto no la contemplaba con tiempo.
Hasta un día de menos ocio.
Bonito inicio de semana.




